La madrugada era fría y oscura en Cosalà y el reloj de la iglesia pisaba las tres mas cuarto, solamente un viento helado recorría las calles y únicamente en un lugar se encontraban despiertos sus moradores. La débil luz de las cuatro velas amenazaba con extinguirse. Un hombre sudaba copiosamente esperando a que su esposa pariera a su tercer hijo. Ahí junto a ella permanecía impaciente y nervioso, pues ante semejante situación que padre no lo estaría, principalmente cuando supliría la función de un médico o de una comadrona, además sus dos pequeños hijos servirían de asistentes.
La insuficiencia de dinero no le permitía el lujo de pagar por los servicios de un medico. “Todo” estaba listo para tan importante acontecimiento: ropa, cobija, agua hervida y los dolores de la madre que anunciaban de un momento a otro; si todo salía bien, la llegada de un nuevo ser. Es deber de mi parte advertir que la ropa y cobija destinada para aquella nueva criatura, serían usadas por cuarta vez, a su padre se las habían regalado ya usadas; sin embargo estaban impecables de limpias, ya habían sido despojadas de cualquier suciedad que éstas hubiesen podido obtener con el correr del tiempo, ya que la parturienta las lavó apenas un día antes de los dolores que ahora acusaba.
Los dos pequeños hermanos sentados sobre dos troncos que hacían las veces de sillas y separados de sus dos padres por una manta suspendida sobre una soga, lidiaban por mantenerse despiertos, sus párpados pesaban y por momentos caían en un sueño tan profundo que solo los gemidos de la madre los despertaban. De pronto de los labios del padre salió un ¡aquí viene! Y como una perinola giró a su izquierda cogiendo en el acto una sabana limpia para anidar en ella a su ahora tercer hijo; y aquí hizo lo que la mayoría haríamos: asestó par de nalgadas al pequeño aún cuando había dado los primeros gemidos en el momento mismo de nacer; quizá por el nerviosismo que le invadía, por tradición o por quien sabe que causa. El pequeño lanzó un llanto tan grande como humanamente posible pueda brotar de la garganta de una criaturita recién parida. Mas tarde lo limpió con agua tibia, empapando y exprimiendo piezas de tela que a continuación pasaba por el tierno cuerpecito hasta dejarlo completamente limpio y seco. Luego procedió a vestirlo con su candonga de tela y ropita, coronando su labor entregándolo a los brazos de su madre quien aún recobrándose de los dolores del parto lo atrajo a su pecho para acurrucarlo, amamantarlo y resguardarlo como el más preciado tesoro entre sus brazos y cuerpo.
¡Diego, Isabela! Conozcan a su nuevo hermano y vayan a dormir que buena falta les hace, así lo hicieron; y en cuestión de instantes estaban plácidamente dormidos.
Su padre no pudo atrapar el sueño tal vez por la excitación que le trajo la llegada de su tercer hijo, pasó la noche en vela observando a su esposa y su nuevo hijo, también cavilando la manera de abrevar mas recursos económicos al gasto del hogar, ya que se avecinaban nuevos egresos con el aumento de su familia. En tal situación se encontraba cuando un luminoso y cálido rayo de sol, penetró cual intruso por una ventana que daba al oriente, chocando en pleno rostro suyo y obligándolo a poner en orden sus pensamientos exclamó ¡válgame! Las seis de la mañana, el señor Boasso me matará si llego tarde; y sin probar alimento alguno salió expulsado a sus labores; no sin antes despedirse de su familia.
Rufino trabajaba en la casa del hombre mas adinerado de Cosalà haciendo de todo lo que se le ordenara en cuanto a trabajo se refiere, recibía ordenes de Boasso; hombre sin sentimiento alguno y frío como el hielo capaz de congelar con su sola mirada.
Toc, Toc, Toc, tocaba el enorme y hermoso portón de fina madera que separaba la opulenta casona de las humildes casas del pueblo; era como si al cruzar la puerta entrara a un mundo de fantasía, hasta el trinar de las aves se percibía mas alegre, el jardín enorme que semejaba alfombra de color verde oscuro con sus árboles frondosos y sanos, lo dejaban tan impresionado como la primera vez que lo vio, no de balde laboraban en el mantenimiento de la flora un buen número de personas dedicadas solamente al cuidado de tan rica y variada vegetación, era un perfecto parterre.
Finalmente se abrió el portón, con sus dos elegantes hojas de madera de ébano finamente acabada e importada allende el mar; y ¿sabes quien lo franquea?; pues Boasso con su gélida mirada, que ya pedía respuestas al nervioso Rufino por haber llegado cinco minutos tarde.
_Le suplico me exculpe señor Boasso, pues en la madrugada parió mi mujer a nuestro tercer hijo y yo mismo realicé las labores de parto ayudado por mis dos pequeños hijos y.... (No pudo terminar la frase, pues fue cortada de tajo por Boasso)
_Le recuerdo que aquí existen reglas de horarios para entrar a sus labores y si la memoria no me es infiel, usted inicia turno a las seis de la mañana, no lo olvide a las seis_ dijo Boasso a Rufino_.
Enseguida dio la espalda al pobre de Rufino dando por concluida la platica y sin importarle la razón de su demora lo dejó solo, haciéndolo sentir tan mal, que si no fuese que requería hoy mas que nunca del trabajo ahí le hubiese roto su horrible y corva nariz al tal Boasso. Al parecer el mundo se empeña en demostrar que por más calamidades que concurran en las vidas de los mas desamparados nunca son suficientes y les obsequia todavía mas, ahora a las contrariedades que pasaban en la vida de Rufino se venían a sumar las de tipo laboral. Boasso era conocido por la fama de ser un déspota inhumano, opresor de los trabajadores, poseedor de un alma mas fría que los inviernos y por si esto resultara poco gustaba de ser dócil y servil del poderoso pero bravo y hostil del indefenso.
Como podrán imaginarse no las tenía del todo bien el pobre de Rufino, si antes resultaba embarazosa su situación, el presente y los días venideros serían harto difíciles con la aparición en escena de Boasso y su ahora inquina contra él, acechando a cada momento a su presa.
Todo esto era causa de los cinco minutos de demora de Rufino; aparentemente ese era el origen de tan incisiva cacería de quien se siente con poder sobre quien nunca lo ha tenido. Sabía Rufino que tendría que hacer las cosas con sumo cuidado, nada haría mas feliz a Boasso que firmarle su renuncia.
Transcurrió el día para Rufino de lo mas acongojado, le costaba trabajo concentrarse en sus labores, tenía un hambre tremenda, recordemos que salió de su hogar sin probar alimento; sus ojos sin brillo y un desgano total, era uno de los días mas largos de su existencia, de esos en los cuales se vuelven tan pesados y tristes que no se ve la hora de salida por más que uno la conjure.
Por fin llegó la tan invocada hora, y Rufino se dispuso a regresar a su hogar con su familia, caminando iba con sus pensamientos en torno a la situación laboral en que se encontraba cuya realidad no le era del todo satisfactoria.
Rufino se enfrascó en pensamientos dirigidos a descubrir la solución que ofreciera a sus hijos un futuro terrenal mejor que el de él, y esto lo llevó a la idea de que el primer paso que debería dar era el de enseñarlos a leer y a escribir, cosa menos difícil si en Cosalà hubiese habido alguna escuela, este era pues, el primer escollo que se encontraba en su camino.
Caminando iba y caminando llegó a su hogar en las afueras del pueblo y sus dos hijos mayores salieron a recibirlo con gran algarabía y felicidad que se manifestaba en sus rostros rubicundos y sonrientes ¡hola! ¿ como están mis dos caballeros?_ preguntó el padre_ teniendo como respuesta de sus dos hijos sendos besos en sus mejillas cosa por cierto, que obligó a Rufino a ponerse en cuclillas durante par de segundos para recibir aquella diáfana muestra de amor y enseguida aquél trío se dispuso a penetrar a su hogar. Para entonces su esposa tenía ya preparada la cena, quien fiel a su costumbre en tener toda la casa en perfecto orden le daba un toque de frescura y limpieza al hogar, demostrando con ello que la pobreza no es vasalla de la suciedad. Los platos ya esperaban impacientes para ser llenados con la humeante sopa y; sus acompañantes las tazas, con su respectivo té, todo estaba listo solo se aguardaba la llegada del padre de familia y él ya había hecho su arribo dando un beso en la frente a su esposa preguntó por el reciente miembro de la familia. El pequeño se encontraba plácidamente dormido como corresponde a todo recién nacido que no sufre de hambre ni de frío.
A continuación se sentaron en torno a la mesa para cenar y mientras eso hacían bromeaban y reían con las ocurrencias de los dos chiquillos, más tarde platicaba la pareja cuando los tres niños dormían.
A la mañana siguiente Rufino volvía a su trabajo, en esta ocasión llegó media hora mas temprano, a las seis en punto el portón se abrió y Rufino mostró una sonrisa a Boasso a la vez que daba los buenos días y por supuesto Boasso fiel a su costumbre de hielo no ofreció respuesta, solo una mueca que lo hizo ver mas horrible que de costumbre, de pronto se escuchó un tropel de caballos aproximándose hacia ellos, ambos se quedaron por un momento con la atención en torno a ese evento y fue Boasso quien se aproximó al portón para averiguar qué era todo aquello y al sacar su cabeza divisó el carruaje de su patrón y entre sorprendido y desesperado; dio ordenes a los demás trabajadores de hacer una valla para recibir a tan importante personaje; ambos Boasso y Rufino corrieron para abrirle paso al señor, cogiendo sendas hojas del portón dejándole libre la entrada.
En el ambiente había una mezcla de tensión y silencio, sólo el servil Boasso se esforzaba en sonreír y buscar los ojos del señor para aparecer como el más atento y sensible del grupo ante la presencia del patrón. Por su parte Wiston acostumbrado a tratar con esa clase de personas hizo caso omiso de tan agradables y desinteresadas muestras de bienvenida por parte de Boasso por lo que saludó a todos los presentes sin ninguna distinción y con mucha deferencia. Lo que sigue es pocas veces visto en este mundo, no obstante quiso la naturaleza que fuésemos testigos de ello: al pasar el carruaje, motivo de tan singular recibimiento; por el centro de aquella valla de seres humanos, hizo un alto, y del vehículo de caballos descendió quien lo encabezaba, en esos momentos Boasso era ya un manojo de atenciones hacia Wiston pero llevaba la intención de preguntar a otro hombre sobre el funcionamiento de todo aquello, es decir quería escuchar otra versión fuera de la oficial y palabras mas palabras menos esto fue lo que le preguntó: ¿ como está todo por acá? Rufino no estaba preparado para responder de un solo tiro, pues nunca pasó por su mente la idea de que el patrón se dirigiera a él; y en un acto que rayaba entre lo cómico y lo valiente contestó lo siguiente: ¿Eh?, yo señor, pues, me llamo Rufino a sus ordenes y pienso señor que, creo que